sábado, 2 de agosto de 2008

La playa y el puerto


A Miguel Cabrera le gustaba el sillón junto a la ventana en la habitación de su hija. La perspectiva completa de la playa y de su avenida, el fresquito, sin el azote inclemente del viento, el ruido amortiguado de las olas en la orilla, o el griterío en sordina de los chiquillos, eran todos los elementos que hacían de ese rincón una confortable atalaya, desde la que la vida del pueblo parecía filtrarse con un cierto sesgo de irrealidad.

Desde ese mismo sillón veo hoy amanecer sobre la playa. El sol comienza a encender la bruñida superficie del mar. El viento no hará su aparición hasta dentro de unas horas. Cuento nueve señoras en los casi mil metros de largo de la orilla de la playa. Caminan a buen ritmo en un ritual que repiten tempranito, cada mañana del año – excepto los domingos día en el que casi todas descansan. Alguna – comentan otras con cierto retintín – ha comenzado incluso a descansar los sábados. Qué falta de seriedad.

El lento ascenso del sol va disolviendo las sombras de las laderas que limitan el valle, y la playa se va vistiendo de dorados y añiles. El mar que estaba como un plato, comienza a rizarse, aunque todavía no saque sus penachos blancos que lo decorarán la mayor parte del día. Y las palmeras de la avenida se agitan, al principio perezosas hasta llegar al borde del síncope con los picos de viento del mediodía.

Dejo vagar mi atención a lo largo de la línea de la marea hasta el límite del puerto. El tosco espigón abriga, hacia el sur, al pequeño puerto pesquero y un poco más abajo, al puertito deportivo con sus ligeros pantalanes flotantes. En esa zona de perpetua languidez, dos presencias despiertan mis emociones con sentimientos profundos. Los barcos de los navegantes oceánicos. Siempre hay dos o tres haciendo un alto en su periplo atlántico hacia América. Observo sus barcos, el desorden milimétrico en sus cubiertas y trato de imaginar las singladuras que los han traído hasta aquí y las que les quedan hasta alcanzar los cálidos mares del Caribe.
En el dique principal, las barcas de Salvamento Marítimo se reponen, mientras se mecen adormecidas al sol de mediodía, de noches largas e intensas llenas de pateras al límite de sus fuerzas. Llenas de miradas blancas de terror sobre fondos negros. Crispados por el agotamiento y la desesperación. De muertos mezclados con los vivos, y de vivos que no entienden cómo no están muertos. Del frío paralizante que hiela la médula de los huesos y que amplifica el pánico hasta el infinito. Episodios de rescate que ocurren en la noche, como si se tratara de hacer coincidir el aldabonazo poco eficaz sobre nuestras conciencias, con la hora del telediario mientras disfrutamos de nuestra cena de primer mundo.

El mar comienza a levantarse rabioso por fuera de la punta norte que protege la playa. Desde los repetidores en su dorsal, a más de cien metros a pico de las olas, se aprecia claramente el contraste, y la línea que parece proyectarse desde la punta del cabo con la marejada a un lado y la relativa tranquilidad que en este momento rompe suave en una marea baja que aumenta en más de un tercio la superficie de la playa.

El sol cae a plomo sobre la avenida. Las fachadas blancas de los edificios de la primera línea reberberan una claridad que deslumbra. El fuerte alisio entra por el norte y barre la playa, despeina palmeras y tarajales, asola laderas, bulle por los callejones y silba insolente en los alféizares de las ventanas semiabiertas. Se lleva la arena, levanta el polvo, juguetea con una bolsa de plástico que hace caracolear alrededor de la fuente de la plaza. El viento en definitiva refresca el calor africano y se convierte en el señor del mediodía. Como decía aquel, con la retranca de los locales, al visitante que peleaba contra lo que en su tierra sería calificado de temporal: “…Y gracias al airito!”
A esta hora, la actividad humana en el exterior se reduce, y la playa, no ha visto a casi nadie desde los paseos de primera hora. El verdadero movimiento comenzará después de las cinco de la tarde, y se prolongará en la arena primero, y en la avenida después, hasta alrededor de las doce de la noche.

Dejo el sillón y me aparto de mi puesto de observación después de algunas horas.
El sol y el viento, agotados por ese pulso que mantienen durante horas cada día, comienzan a reducir su intensidad.
Bajo a la playa con Esther a darme un baño y un paseo por la playa y el puerto. Esta luz y la nitidez de los contornos en la distancia tienen un efecto hipnótico.

5 comentarios:

Pablo Mariani dijo...

Por que no te pones a laburar y te dejas de escribir boludeces? ;-)

Traducción: que envidia tu puesto de observación y que lindo que tengas el tiempo para apreciar y escribir sobre lo que aprecias y el talento para plasmarlo en este diario y que alguien como yo a miles de kilómetros de distancia se estremezca con las metáforas y sienta el "calor africano" acariciándole la piel a pesar de encontrarme en el invierno austral.

Cheers, Pablo.

Esther dijo...

Nada...que te ha dado por hacerme llorar...ahora recordándome a mi padre sentado en mi habitación de soltera, en su sillón preferido, y mirando el mar que tanto adoraba!!!
Te quiero!

Aurora dijo...

Que buena onda Alf!!! Te habia echado mucho de menos durante estas semanas. Complimenti ancora... e' un vero piacere leggerti. Un bacione, A.

Alfonso Castellano dijo...

Hola Pablo! Me encanta tu intro... No puedo para de reirme, y además me da muchos ánimos para seguir escribiendo más y laburando menos!

Lo de vivir de las boludeces es algo que cada vez me parece que vale más la pena!

Un fuerte abrazo and keep watching this space!
:-)
Alf

Alfonso Castellano dijo...

Hola Aurora!

Qué gratificante está siendo este reencuentro con los incondicionales! ;-)

Confío en ser capaz de manteneros enganchados y aportar una gotita de refrescante inspiración a vuestras lecturas un par de veces por semana!

Besos,
Alf